Japón, 1997
Un motor dibujado en un tren
Ferdinand Piëch esbozó en un tren bala un motor de dieciocho cilindros. Acabó siendo un W16 de mil caballos y el coche que devolvió a Bugatti a la fama.
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En 1997 Ferdinand Piëch, nieto de Ferdinand Porsche y presidente de Volkswagen, viajaba en tren bala por Japón. Según contó él mismo, sacó un sobre y dibujó un motor que no existía: tres bancadas de seis cilindros unidas en forma de W, dieciocho cilindros en total. Al año siguiente, Volkswagen compró la marca Bugatti.
Piëch quería el coche de serie más potente y más rápido del mundo, y que además fuera cómodo para ir a la ópera. Las cifras que exigió parecían de broma: más de mil caballos y más de 400 km/h. Los prototipos cambiaron varias veces y el motor de dieciocho cilindros se sustituyó por uno de dieciséis, un W16 de ocho litros con cuatro turbos.
Resolverlo costó años. Para enfriar semejante motor el coche llevaba diez radiadores. A velocidad máxima tragaba cada minuto tanto aire como el que respira una persona en cuatro días. Y para alcanzarla había que girar una llave especial junto al asiento: el coche se agachaba y cambiaba su aerodinámica.
Se llamó Veyron por Pierre Veyron, piloto e ingeniero de Bugatti que ganó las 24 Horas de Le Mans de 1939 con Jean-Pierre Wimille. Salió en 2005 con 1.001 caballos. Ese año, en la pista de pruebas de Ehra-Lessien, los inspectores alemanes le midieron 408,47 km/h de media.
En 2010 la versión Super Sport llegó a 431,072 km/h y recuperó el récord de coche de serie más rápido. En la televisión británica, Top Gear lo eligió coche de la década.
Bugatti hizo 450 Veyron entre cupés y descapotables. Muchos analistas calcularon que Volkswagen perdía dinero con cada uno. Era el precio de un sueño dibujado en un sobre.