Detroit, 1963
Cincuenta coches prestados y un desguace
Chrysler dejó a 203 familias un coche con motor de turbina que funcionaba con casi cualquier cosa. Después los recuperó y destruyó casi todos.
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En otoño de 1963 Chrysler hizo algo que ningún fabricante había hecho: prestar coches experimentales a gente normal. Eran cincuenta, con carrocería color bronce hecha por Ghia en Turín, y bajo el capó no llevaban pistones, sino una turbina, como un avión.
Cada familia se lo quedaba tres meses, sin pagar nada más que el combustible, con una condición: contar después cómo había ido. Entre octubre de 1963 y enero de 1966 pasaron por ellos 203 conductores de 133 ciudades de Estados Unidos, que sumaron más de un millón y medio de kilómetros.
La turbina A-831 no necesitaba radiador, ni anticongelante, ni cigüeñal. Al ralentí giraba a unas veinte mil vueltas por minuto y sonaba como un pequeño reactor. Funcionaba con gasolina sin plomo, gasóleo, queroseno o combustible de avión, y Chrysler aseguraba que también con aceite de cacahuete o perfume. El presidente de México, Adolfo López Mateos, lo probó con tequila, después de que los ingenieros le confirmaran que funcionaría.
Tenía defectos: el arranque era complicado, respondía con retraso al acelerador y gastaba mucho. Y fabricar aquellas turbinas era carísimo.
Cuando acabó el programa, Chrysler reclamó los coches. Cuarenta y cinco se quemaron y aplastaron en un desguace al sur de Detroit, y otro se destruyó en su pista de pruebas. La empresa explicó que era un proyecto de investigación y que no quería turbinas en los concesionarios de segunda mano. Circuló la teoría de que así se ahorraba los aranceles de las carrocerías italianas, pero hoy se considera poco creíble.
Sobreviven nueve. Chrysler conserva dos, seis están en museos de Estados Unidos y uno es del cómico Jay Leno, que lo saca de vez en cuando.