Montecarlo, 1966
Ganaron, pero los faros no valían
Tres Mini llegaron primero, segundo y tercero al Rally de Montecarlo. Los descalificaron por las bombillas. El ganador oficial se negó a recoger el premio.
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El Mini nació de una crisis. En 1956 el cierre del canal de Suez trajo racionamiento de gasolina al Reino Unido, y los británicos empezaron a comprar microcoches alemanes. La British Motor Corporation encargó a Alec Issigonis un coche de verdad que cupiera en una caja de diez pies de largo, cuatro de ancho y cuatro de alto, con seis de esos diez pies para los pasajeros. Issigonis atravesó el motor, puso la caja de cambios debajo y llevó las ruedas, de diez pulgadas, a las esquinas. El ochenta por ciento del suelo quedaba para las personas.
Salió en 1959 y enseguida se vio que, además, se conducía como un kart. John Cooper, constructor de coches de Fórmula 1, preparó versiones más potentes. Con un Cooper S, Paddy Hopkirk ganó el Rally de Montecarlo de 1964 frente a coches mucho más grandes. En 1965 ganó Timo Mäkinen.
En 1966 los Mini llegaron primero, segundo y tercero: Mäkinen, Rauno Aaltonen y Hopkirk. Entonces los comisarios los descalificaron. El motivo fueron los faros: llevaban lámparas de yodo de un solo filamento en lugar de las bombillas de doble filamento, con luz de cruce, de los coches de serie. También descalificaron al cuarto, un Ford Cortina, y a otros coches. Diez en total.
La victoria pasó a Pauli Toivonen, con un Citroën. Al finlandés le pareció tan bochornoso que, según se contó, se negó a recoger el premio. Los equipos amenazaron con boicotear la prueba y una revista británica lo tituló «el fiasco de Montecarlo». Todo el mundo habló de los Mini que habían ganado sin ganar.
Al año siguiente, Aaltonen ganó el Montecarlo con un Mini. Esta vez sí contó.
El Mini original se fabricó hasta el año 2000. Se hicieron unos 5,38 millones.